miércoles, 16 de diciembre de 2015

jueves, 26 de noviembre de 2015

DOS ARTÍCULOS


“Violencia contra las mujeres”, editorial de EL PAÍS. 26 de noviembre de 2015.

El goteo persistente de muertes no debe hacernos olvidar lo que se ha avanzado desde que en diciembre de 2004 se aprobó la ley integral contra la violencia machista, consensuada por todas las fuerzas políticas. Es cierto que los números siguen siendo insoportables: en lo que llevamos de año han muerto ya 48 mujeres, y 42 niños han quedado huérfanos, lo que demuestra el poder de irradiación de dolor que tiene este tipo de violencia. Pero las cifras también muestran que la situación ha mejorado, lo que debe llevarnos a persistir en el esfuerzo.

En 2004 hubo 72 mujeres asesinadas y la cifra subió hasta 76 en 2008; luego ha ido descendiendo para estabilizarse entre 50 y 54, un estancamiento que habrá que analizar. En estos 10 años se han presentado un millón y medio de denuncias que han dado lugar a 250.000 órdenes de protección y casi 300.000 condenas. El 6% de los presos de las cárceles cumple condena por violencia contra las mujeres. Aunque con altibajos y carencias, la ley ha permitido afrontar el problema y las modificaciones legislativas introducidas en 2014 en 10 normas diferentes deben permitir ahora mejorar su aplicación.

El problema radica en que en muchos casos ni siquiera se llegan a activar los mecanismos de protección previstos en la ley. De las 48 mujeres asesinadas este año, solo nueve habían presentado denuncia. Este es el verdadero agujero negro del balance.

Mejorar la detección precoz es una de las asignaturas pendientes; esa debe ser ahora la prioridad. La sociedad debe tomar conciencia de que puede hacer mucho más. Por ejemplo, rechazar con determinación las conductas vejatorias y denunciar los casos sospechosos: las mujeres maltratadas suelen entrar en una espiral de miedo y pérdida de autoestima que las paraliza. A largo plazo, la estrategia debe centrarse en la educación para desacreditar y erradicar la cultura machista que alimenta el monstruo.


 

“Aulas y púlpitos”, por Fernando Savater. EL PAÍS. 26 de noviembre de 2015

 

El otro día vi una tertulia televisiva en la que remaché mi convicción de que nuestros políticos en ejercicio actuales son frecuentemente mediocres, pero que peor será cuando dentro de poco gobiernen los tertulianos. El tema era el litigioso asunto de la asignatura de Religión en la escuela. Se oyeron las cantinfladas de siempre. “Nosotros somos partidarios de la laicidad, no del laicismo, que no es lo mismo”, decía, pedagógica, la representante socialista. En efecto, no es lo mismo: la palabra castellana es “laicismo”, mientras que “laicidad” es un galicismo no aceptado por la RAE hasta fecha muy reciente (que, por cierto, define laicismo de forma cuidadosamente errónea). De modo que o laicismo o laicité: lo de “laicidad” podemos dejárselo a los clérigos, que se trabucan en cuanto hay que nombrar algo referido a la libertad de conciencia.

Otro contertulio, más de derechas pero no más diestro, recordaba que España es un Estado aconfesional, no laico, de modo que el laicismo le parecía anticonstitucional. Supongamos que “aconfesional” no sea un eufemismo por “laico”, que es como lo suele entender la gente bienintencionada, sino que significa “sin una confesión religiosa privilegiada, aunque reconociendo el hecho religioso y favoreciéndolas a todas”. Bueno, sin duda entonces recogerá tanto las actitudes religiosas positivas como negativas. Santo Tomás de Aquino, el cardenal Newman y Juan Pablo II fueron pensadores religiosos (de muy distinto calibre, claro) como también lo son Nietzsche, Freud y Richard Dawkins (ídem).

No es arriesgado asegurar que la postura religiosa mayoritaria en las democracias occidentales entre científicos, humanistas, etcétera, es la incredulidad, cuando no hostilidad, sobre los dogmas eclesiales: los más favorables los consideran un lenguaje poético que puede inspirar conductas solidarias y compasivas… pero también todo lo contrario. De modo que una aconfesionalidad consecuente obligaría a incluir junto a la enseñanza religiosa otra asignatura que explicase escepticismo, críticas a las creencias eclesiásticas, etcétera... Demasiado para el ya sobrecargado programa escolar de los tiernos infantes.

Se invocaron en la discusión, como no podía ser menos, los acuerdos con la Santa Sede. Urge suprimirlos ya, puesto que ahora a nadie sorprendería tal decisión y sin embargo escandaliza a muchos el empeño en mantenerlos. Su contenido contradice evidentemente la aconfesionalidad constitucional y encierra una paradoja no respecto a la religión sino respecto al Vaticano. ¿Estamos hablando de un Estado propiamente dicho o de una especie de parroquia de proporciones y pretensiones imperiales? Si nos lo tomamos en serio como Estado, resulta que es la única teocracia vigente en suelo europeo, antidemocrática puesto que no respeta en sus elecciones a cargos públicos, derechos humanos fundamentales como la igualdad de los sexos o la libertad de conciencia, que se ha negado a firmar algunos de los tratados más importantes sobre estas cuestiones suscritos por las democracias de todo el mundo. ¿Por qué tiene España que mantener acuerdos privilegiados con semejante entidad, que representa lo contrario de lo que deseamos para las instituciones de nuestro país y de Europa? Pero quizá su apariencia estatal es sólo un disfraz histórico para esa gran parroquia antes mencionada. Entonces no hay nada que objetar a las peregrinaciones y reconocimientos piadosos que recibe, pero resulta inaceptable que dicte, por medio de acuerdos privilegiados, normas que afectan a la organización de nuestra educación y otras instituciones militares, penales, etcétera… en contra de la aconfesionalidad proclamada. Se tome como se tome, son lazos comprometedores que conviene cuanto antes disolver discreta y amistosamente.

Nuestra Constitución reconoce el derecho de los padres a optar por la educación de sus hijos más acorde con sus convicciones, pero este es un punto que si se renueva la Carta Magna convendrá aclarar. Porque sería inaceptable que ese derecho incluyese la enseñanza de nociones anticientíficas como el creacionismo en lugar de la teoría de la evolución o la diferencia de derechos cívicos entre varones y mujeres, como quieren algunas doctrinas piadosas. Las familias tienen derecho a educar a sus hijos según sus preferencias… dentro de la oferta escolar establecida. El punto importante aquí es que, ni optativa ni obligatoria: la formación religiosa no es una asignatura. Podría serlo si tuviese como objetivo una historia de las mitologías o algo así, en cuyo caso los profesores serían elegidos como el resto: por razones académicas, no designados por el obispado. Para que los niños reciban formación religiosa no hace falta que la estudien en el colegio, véase lo que ocurre en países laicos como Francia (modélica en tantas cosas). A este respecto se fomentan errores interesados. Una entrevista publicada por Abc (23 de octubre) con Tibor Navracsics, comisario europeo de Educación, llevaba el siguiente titular: “Hay que garantizar el derecho a elegir la asignatura de Religión”. Pero lo que el entrevistado decía, líneas más abajo, era: “Un sistema educativo tiene que ofrecer el derecho a elegir y garantizar a los padres la elección del mejor modo de educar a sus hijos”. C’est pas la même chose.

Este asunto no es cosa menor, un incordio electoral para hacerse el progre. En la situación actual de Europa y del mundo, es un tema vital saber cómo vamos a educar a los ciudadanos para que en una sociedad mercantilizada no tengan que buscar el “suplemento de alma” exclusivamente en dogmas religiosos. Con desparpajo ofensivo, el portavoz de la Conferencia Episcopal señala que nos amenazan dos peligros, el laicismo y el fundamentalismo. El segundo provoca matanzas, está de sobra visto, y el primero, según él, quiere extirpar la religión de la vida pública (otra mentira: el laicismo reconoce el derecho de los creyentes a manifestarse en público pero a título privado, no institucionalmente).

Es el momento de que los partidos laicos detallen de nuevo la oferta de Educación para la Ciudadanía, en lugar de esa asignatura de “Inteligencia emocional” que coinciden en reivindicar C'S y Podemos (lo cual demuestra que Chesterton tenía otra vez razón: es más difícil luchar contra las nuevas supersticiones que contra las antiguas, lo mismo que es más difícil vencer a un joven que a su abuela). No olvidemos que en el torticero argumentario contra la Educación para la Ciudadanía del ministro Wert jugó un papel importante el manual escrito por los luego promotores de Podemos Luis Alegre y Carlos Fernández Liria, cuyo radicalismo intemperante y bastante bobo se convirtió, como en otras ocasiones, en el mejor aliado de los reaccionarios. Por nuestro bien y nuestro futuro esperemos que, a partir del 20-D, las cosas se planteen mejor.

Fernando Savater es escritor.

 

miércoles, 25 de noviembre de 2015

LA ILUSIÓN POLÍTICA Y EL ORGASMO

"La ilusión política y el orgasmo", de Maruja Torres. ELDIARIO.ES, 10 / 6/ 2015
Recuperar la ilusión política es como volverse a enamorar después de haber sufrido unos cuantos descalabros: cuando ya se cree uno al cabo de la calle. ¿Otra vez?, se dice uno. ¿Sufrir de nuevo? ¿Estará a la altura de mis expectativas?, se pregunta uno, o una. Y se defiende: No me pidas que te crea por tu cara bonita, demuéstramelo. Demuestra que me quieres, que vas a cuidarme, que sólo dejarás de cumplir aquellos imposibles que, en el fondo, desde el principio supe que no podrías alcanzar. Pero compláceme en lo demás. Dime, sobre todo, que intentarás entenderme y que, por encima de cualquier otra consideración, me respetarás. Y que todo lo que hagas me lo explicarás sin recurrir a los embustes de mal pagador con que los amantes anteriores creyeron que nos daríamos por satisfechos.
Como en el amor verdadero, ése que llega cuando no se le aguardaba, o cuando se temía, y que sometemos a toda clase de peritajes, lo de ahora va tener que ganársenos.
No hay que desesperar. Si algo bueno nos está ocurriendo, en estos días y noches, y ocurren muchas cosas que no están nada mal, es que el país entero se ha convertido en una inmensa ágora formada por muchas corralas, con un trasiego de intercambios y de peroratas que no sólo ponen a prueba nuestra paciencia: les retratan a todos y cada uno de los participantes. Nos retratan, también.
Disponemos de una oportunidad magnífica para que los nuevos, y los otros, se enteren de lo que nos ha parecido su actuación en estas primeras justas por nuestro futuro: las elecciones generales. Lo sé. Es un desmadre. Pero es que están aprendiendo, como nosotros. Después de tantos años de parálisis, de languidez, de indiferencia colectiva, de deterioro de las formas y perversión del fondo, ellos y nosotros estamos aprendiendo. Incluso los que aún no se han enterado. Siguen todavía los viejos vicios, incluso en los nombres recientes –y tú más, mira que no te ajunto, se lo voy a contar a mi votante, miedica, miedica, etcétera–, y los veteranos o parecen correosos o se aprestan a darlo todo y escamarnos; unos, por inexperiencia, llevan el casco mal calado; los otros, por rutinarios, se aferran a su burbuja de aire. Otros pescan en mar revuelto, con un pie en cada orilla y meando en medio.
Permanezcamos atentos. Si no lo hacen bien, castigo en las generales. Hay que decírselo: no nos tratéis como si fuéramos tontos. No afirméis que sólo os interesa el programa y el bien de la ciudadanía, si es que por casualidad sois víctimas de la instantánea locura de querer ocupar un sillón y hacer imprimir tarjetas con vuestro cargo en relieve debajo de nombre y apellidos. No uséis la fuerza del votante en vano.
Pesad que esta historia de amor la iniciamos entre todos. Y que nos merecemos un buen orgasmo social.

Causas últimas

"Causas últimas",  por José Ignacio Torreblanca.
Se habla de las “causas últimas” del terrorismo yihadista, un confuso magma en el que se mezcla la marginación que sufren los jóvenes de origen norteafricano con los distintos modelos de integración de minorías. Algunos se alarman cuando la conversación se desliza por esos derroteros pues temen que haya una delgada línea entre intentar explicar el fenómeno de la radicalización de esos jóvenes, en gran número europeos, que se han venido sumando al Estado Islámico y una eventual justificación de la barbarie terrorista.
Es esta, sin embargo, una crítica injusta e infundada: si queremos ser eficaces en la lucha contra el terrorismo debemos entender el fenómeno en toda su complejidad. Pero ese es precisamente el problema: que la complejidad del fenómeno hace imposible reducirlo a una sola causa que nos permita erradicar el problema de forma certera, rápida y definitiva. Porque en el terrorismo yihadista, además de los elementos mencionados, influyen muchos otros: desde los legados coloniales hasta las divisiones entre chiíes y suníes, la invasión soviética de Afganistán, la guerra de Irak, el papel de Irán y Turquía o el patrocinio por parte de las monarquías del Golfo Pérsico de una visión intransigente del islam, entre otras. La violencia tiene, además, elementos epidémicos pues genera dinámicas que se autoalimentan.
Por tanto, aunque dediquemos mucho esfuerzo a entender y atajar esas causas, los resultados, de lograrse, tardarán décadas en verse. Pensemos que han sido necesarios casi 40 años de democracia para que la violencia terrorista de ETA llegara a su fin, y aun así la organización no se ha disuelto todavía formalmente. Y la magnitud del desafío yihadista supera en cientos de órdenes al terrorismo de ETA en cuanto a fanatismo, perversión ideológica, ambiciones y nivel de violencia. Con el Estado Islámico no va a haber una negociación ni un proceso de paz. Pero si la presión exterior lo debilita lo suficiente para que pierda atractivo y con ello capacidad de reclutamiento, entonces en las comunidades donde está asentado podrán surgir alternativas que lo desplacen o expulsen. Por eso, tan importante como luchar contra las causas es luchar eficazmente contra las consecuencias. 

martes, 24 de noviembre de 2015

APOLOGÍA DE LA VIOLENCIA


“Apología de la violencia”, por Elsa López. La Opinión de Tenerife. 24 de noviembre de 2015.


N o estoy disculpando un crimen por el hecho de decir que el asesinado se lo merecía o se lo había ganado a pulso. "El que a hierro mata, a hierro muere". Eso nos lo enseñó el señor maestro en la escuela cuando yo era pequeñita explicándonos cómo algunas doctrinas y pueblos lo llevaban a rajatabla y nadie acusó al señor maestro de apología del crimen. ¡Qué necedad! No hay libro sagrado que no utilice sus discursos para justificar la venganza de los dioses y el trágico final de los malvados a manos de los justos y no por ello conozco a predicador que se precie que rechace tales versículos, como no conozco a historiador ilustrado que no mencione el eterno "ojo por ojo" de nuestra querida Edad Media y de algunas culturas que sobreviven a nuestro lado y no por eso se le imputa que haga exaltación de la violencia.
Nadie se puede sentir enojado si me pongo a opinar sobre aquellos que celebran determinadas penas en consonancia con los delitos cometidos por un criminal. Y si alguien se sintiera herido o conmovido por tales actitudes, simplemente decirle que no se sienta mal por ello, que somos muchos los que nos alegramos de que se haya dado escarmiento a quien nos hirió de alguna manera. Quizá yo no lo haría, es cierto, pero celebrar que otro lo haga, si que lo celebro. Lo decimos en voz muy baja para no parecer políticamente incorrectos, pero lo cierto es que nos sentimos complacidos por tales castigos sin tener necesidad de mancharnos las manos. Que las manos ya se las manchan otros.
Es por eso que me asombra la postura de quienes dicen que señalar a alguien como merecedor de cárcel o condenas aún más duras y aplaudir que se las hayan dado, es estar haciendo apología de la violencia. Ahora resulta que yo soy tanto o más o lo mismo de violenta por pedir la cárcel o sanciones aún mayores o por alegrarme (si, alegrarme) de que le hayan pegado un tiro a quien me ha dejado tirada en una cuneta después de robarme el honor o la hacienda o después de violarme y matarme de un hachazo en la cabeza. Opinar que debe castigarse a quien ejerce la violencia equivale, según ellos, a ser tan violenta o más que aquel que violó, torturó y dejó muerta a su víctima en un descampado. Pedir que quien me defraudó sea defraudado, quien me torturó sea torturado y quien me asesinó sea asesinado, ahora lo llaman apología del crimen. ¿Cómo llamar, entonces, al que defiende a quien hiere, humilla, viola, maltrata y asesina a una mujer? Necesito saberlo.

lunes, 23 de noviembre de 2015

MÁS ATEÍSMO Y MENOS TERRORISMO.


“Más ateísmo y menos terrorismo”, por Shangay Lily, PÚBLICO. 23 de noviembre de 2015.

Como afirma el premio Nobel de Física, y convencido ateo, Steven Weinberg: “La religión es un insulto a la dignidad humana. Con o sin religión siempre habrá buena gente haciendo cosas buenas y mala gente haciendo cosas malas. Pero para que la buena gente haga cosas malas hace falta la religión”.

Eso explica el fondo de los atentados en París. La religión es el motor de todo este circo. Por un lado y por el otro. Por el de los cristofascistas de Occidente que apelan a valores –mentiras– instauradas por las religiones para contar con la complicidad del pueblo: nación, unidad, valores, decencia…, mientras financian y crean a los islamofascistas que justifiquen sus invasiones y movimientos estratégicos. Y la de los descerebrados musulmanes que apoyan la sumisión y la ignorancia. Por supuesto, los judíos son los principales instigadores de un negocio del odio que encubren con su religión. Todas las religiones son un negocio de poder que legitima la destrucción de derechos humanos. Pero no interesa entrar en el tema. Porque, ¿cómo van a denunciar la religión como causante de dolor, terror, muerte y aborregamiento, si desde los estados involucrados están imponiendo esa misma doctrina disfrazada de democracia?

Las crecientes declaraciones de falsiprogres que intentan desligar al Islam del terrorismo son tan ridículas como las que desligan al cristianismo o el judaísmo de la misoginia y la homofobia. La religión es basura, mentira y avaricia que siempre ha provocado el sufrimiento y la desigualdad. Así que no me vengan con matices para intentar decirme que existe un Islam aceptable. No existe. Es una religión de odio, ignorancia, estupidez y cobardía. Como todas las demás.

Quizás por eso no he escuchado a nadie cuestionar la religión y su fatal papel en los retrocesos de la humanidad en todos estos debates mediáticos.

De hecho, me escandalizan las pretensiones de cierta izquierda de que hay que respetar el Islam y sus tradiciones porque eso es la convivencia de civilizaciones. No, a mí el Islam no me merece ningún respeto. De hecho me produce repugnancia. Como todas las religiones. El año pasado tuve la desafortunada idea de pasar un tiempo en Marrakesh, y visitando otras ciudades de Marruecos. En Essaouira me quedé perplejo al descubrir toda una calle de rodillas –hombres solo– por la orden de rezar. Me prohibieron hacer fotos e intentaron imponerme el sentido “religioso” de todo aquél circo de hipocresía. Una sociedad aborregada, cómplice, cobarde. Así que no intentéis usar esta nueva desgracia para imponerme una bazofia como el Islam. Mucho menos la carroña del cristianismo o el judaísmo.

Porque no han faltado los intentos de vendernos al cristofascismo como la religión buena y avanzada frente a los atavismos islámicos –todos y cada uno de ellos cometidos por cuatro por el cristofascismo en nombre de ese muñeco imaginario o superhéroe de ficción llamado Cristo–. Nuestro cristofascismo es la buena religión frente a vuestro islamofascismo, intentan repetir en debates de la caverna (y en las demás, porque la caverna es hoy todos los medios) poniendo carita de buenos (para lanzarse a la misoginia, homofobia, racismo, clasismo y cualquier mierda que incite al odio en la siguiente frase). Ninguna de las dos vale una mierda. Como tampoco lo hacen todas las demás religiones que no hacen más que cosechar machismo, misoginia, homofobia, racismo, ignorancia, estupidez, odio y sumisión.

Un gobierno que se dedica a poner crucifijos en todas partes cuyo ministro de Interior le pone medallas a estatuas de madera llamadas vírgenes o recita que el brazo incorrupto de santa Teresa es el que nos protegerá, no está cualificado para hablar de extremismo terrorismo y la eliminación de éste. Y esa degeneración democrática no sólo afecta a los políticos. El sistema judicial, su brazo armado —y tan “incorrupto” como el de la amiga del alucinógeno Teresita de Ávila– da fe de ello: La Audiencia Nacional no encuentra “irracionalidad” en la medalla de Interior a la Virgen. El tribunal rechaza, por tres votos frente a dos, el recurso de la Asociación Europa Laica, que pedía la retirada de la medalla de oro al mérito policial a Nuestra Señora María Santísima del Amor. Sí, la misma que tiene una guerra abierta contra el movimiento libertario (que acabó en titulares tan surrealistas como Los anarquistas detenidos: veganos radicales, abstemios, antidrogas y antipromiscuos), es la que cree que los héroes a premiar son cachos de madera.

¿Por qué nadie ha planteado la necesidad de ateísmo constitucional como solución? No interesa. Hay mucho negocio tras las religiones.

Intencionalmente no uso la palabra laicismo porque se ha utilizado para preservar a las religiones. Negar que todas las religiones tienen montado un sistema de reclutamiento, sometimiento e infección, es negar la realidad. En nuestro caso es la cristofascista la que mantiene rehén la educación, la financiación, los hospitales, centros de desintoxicación, para garantizar que se perpetúan las mentiras que permiten su estafa: que un ser imaginario llamado Cristo hizo tal y tal y cual, que nos dirige otro ser imaginario que es padre del anterior y que los dueños del operador que nos puede contactar con ambos se llama Vaticano S.A. También es una inmobiliaria, otra estafa, que promete parcelas en el más allá que pagas a muy buen precio (esclavitud) aquí.

Pero eso no interesa meterlo en el discurso manipulador del “terrorismo” que tan bien viene, como ya lo hace con el PP, a los verdaderos impulsores de ese enemigo que justifique cualquier desmán legal, constitucional o humanitario.

Como respuesta a un atentado justificado por la religión la respuesta fue: reza por París. Tan lógica como: bombardea contra el terrorismo o asesina contra la muerte. La lógica capitalista.

 

jueves, 19 de noviembre de 2015

Terroristas


"Terroristas", por Luz Sánchez-Mellado. El País. 19 de noviembre de 2015.
Se levantan ya con la escopeta cargada. Empalmadísimos por haberse acostado con ellos mismos. Se duchan con el agua a la temperatura justa para bajarse los humos, pero solo lo imprescindible para poder embutírselos en la taleguilla. Se afeitan los cañones que les brotan erectos como tallos de narcisos porque, para machos, y narcisistas, ellos. Se calzan los pantalones que presumen de llevar en casa. Se colocan el paquete en la primera de las muchas veces que se lo reacomodarán al cabo del día, y salen afuera creyendo que huelen a lo que suponen que convierte a las mujeres en hembras en celo. Están ahí, y no los vemos.
Saludan al portero, requiebran a las señoras, ayudan a los ancianos, acarician a los niños, organizan la cena de Navidad de la empresa y son los primeros en pedir, y pagar, otra de cañas, Manolo. El alma del bloque, de la urba, del curro, son muchos de ellos. Tíos con lo que hay que tener. Líderes natos. La alegría de sus huertas, en fin, y no las siesas de sus mujeres, siempre con la cara de palo, los ojos hundidos, caminando un cuartito de paso por detrás de su amo, las muy mal folladas. Las tenemos delante, y no las miramos.
Lo que no sabe nadie, y si lo sabemos nos lo callamos, es que algunos de esos machotes son terroristas, y no siempre suicidas. Terror es que quien más quieres te hiera en lo más hondo. Terror es saber que en casa hay una bomba en el aire y que explotará y que habrá víctimas. Terror es que te digan que no sirves para nada, que estás loca, que das pena, que tú sabrás lo que has hecho para estar tan contenta, o tan triste, o tan callada, o tan habladora. Tan viva, en definitiva. Son los terroristas machistas. Los que maltratan y matan a sus mujeres o a quienes lo fueron por la infinita soberbia de creerse sus dueños y la pena que se dan a sí mismos. Andan sueltos. Son peligrosos. Hieren. Torturan. Matan. Van ocho muertas en noviembre. Y suma y sigue.

jueves, 12 de noviembre de 2015

EL ESTUDIANTE EUNUCO

“El estudiante eunuco”, de John Carlin. EL PAÍS. 2 DE NOVIEMBRE DE 2015
“No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo” (Voltaire)
Hace unos días hubo un debate en la BBC entre el presidente del consejo de estudiantes de una universidad británica y un señor mayor que escribe columnas para The Times de Londres. El tema era la libertad de expresión. ¿Quién estaba en contra? ¿El columnista delTimes, cuyo dueño es el reaccionario Rupert Murdoch? No. El líder estudiantil.
Algo raro está ocurriendo en las universidades de Reino Unido, y en las de Estados Unidos también. El estudiante que hablaba en la BBC es síntoma de una tendencia represiva en un sector de la sociedad donde uno suponía que se daba un alto valor al principio del pensamiento libre.
El motivo del debate entre el joven y el periodista, que por edad podría haber sido su abuelo, había sido una petición firmada por 3.000 estudiantes de la Universidad de Cardiff exigiendo que a Germaine Greer, antiguo icono de la revolución feminista, se le prohibiese dar una conferencia en su campus. Greer, como algunos o algunas recordarán, es la autora del influyente y provocador libro La mujer eunuco, publicado en 1970. El libro, tan irreverente como iconoclasta, exhortaba a las mujeres a desencadenarse de los estereotipos represivos de antaño.
El problema de los estudiantes de Cardiff con Greer, que hoy tiene 76 años, es que la consideran una “misógina”. Lo cual, a primera vista, es como llamar a Martin Luther King racista. ¿Cómo se explica? De la siguiente manera. Greer escribió un texto en 2009 en el que argumentó que a las transexuales no se les podía considerar mujeres. Tal afirmación fue considerada lo suficientemente ofensiva como para declararla persona non grata en el campus. Greer se rindió, pero no sin antes declarar en la radio: “Solo porque te cortas la polla y te pones un vestido no significa que te conviertas en mujer”.
El tema aquí no es si Greer tiene razón o no. El tema es que la censura de personas cuyas ideas no confluyen con las nuevas percepciones de lo que es o no aceptable se está extendiendo por las universidades anglosajonas. Algunos ejemplos.
La semana pasada un profesor de la universidad de Yale, en Estados Unidos, fue rodeado por un grupo de estudiantes que le gritaron, entre otros improperios, “¡cállate la puta boca!”. Su pecado: haber aconsejado a sus alumnos que si veían a alguien vistiendo un disfraz de Halloween “ofensivo” que no les hicieran ningún caso.
A finales de septiembre, la Universidad de Warwick, en Inglaterra, canceló una conferencia de una mujer nacida en Irán llamada Maryam Namazie. Esta es una marxista conocida por su virulento desprecio por la religión, empezando por la suya de nacimiento, el islam. La universidad explicó que su comparecencia en el campus incitaría “el odio”.
Y un ejemplo más entre miles: una profesora de Derecho en la Universidad de Harvard escribió un artículo el año pasado lamentando la presión que recibía del cuerpo estudiantil para que no diera clases sobre cómo la ley responde a casos de violación. La profesora, Jeannie Suk, comparó esta actitud con intentar enseñar cirugía a un estudiante de medicina sin exponerle a la angustia de ver sangre.
Según Suk, los organismos estudiantiles estaban en contra de clases sobre la ley y la violencia sexual porque temían que la experiencia podría resultar “traumática”. Y aquí, aparentemente, está el grano de la cuestión. Explicaba el líder universitario que habló en la BBC que el objetivo de la censura era siempre dar prioridad a “la seguridad” de los universitarios. Un reciente artículo escrito por dos académicos en la revista estadounidense The Atlantic profundizó en el tema. Explicó que para los que se apuntan a esta nueva corriente la meta final era proteger “el bienestar emocional” de los estudiantes, convirtiendo los campus en “lugares seguros” donde “jóvenes adultos están protegidos contra palabras e ideas que les hagan sentirse incómodos”. “Se está creando una cultura”, agregaba el artículo, “en la que todo el mundo debe pensar dos veces antes de abrir la boca”.
Alguien que ha optado por no abrir la boca nunca más en foros estudiantiles es el famoso cómico estadounidense Chris Rock, que ha construido una brillante carrera a base de ridiculizar tabúes raciales, sexuales y políticos. Rock, que es negro, dijo en una entrevista reciente que ya no comparece en las universidades porque son “demasiado conservadoras”. Su principal preocupación, estimó, es “no ofender nunca a nadie”.
¿A qué se debe tanta susceptibilidad entre los estudiantes del mundo anglosajón? En parte tendrá que ver con la presión conformista ejercida por la policía religiosa de las redes sociales, el miedo a la crucifixión verbal que padecerá cualquiera que discrepe de la ortodoxia de la manada. Pero, como también sugiere el artículo de la revista The Atlantic, la juventud de hoy, especialmente la que ha tenido la suerte de ir a la universidad, pertenece a una generación mimada. Es verdad que hoy los jóvenes lo tienen difícil para conseguir trabajo pero, al menos en los países ricos de Occidente, sus padres tuvieron la mejor y más pacífica calidad de vida que ha conocido la especie humana. Estos afortunados padres se han esforzado de una manera nunca vista para no herir los sentimientos de sus hijos, para protegerles de lo feo, lo duro y lo difícil de la vida.
La consecuencia ha sido la aparición de una generación de adolescentes y veinteañeros psicológicamente delicados que detectan ofensas donde sus padres —y más aún los padres de los padres, que vivieron guerras— no se las hubieran imaginado. Antes, cuando el columnista del Times era joven, los estudiantes censuraban a los que llamaban fascistas. Para bien o para mal, lo hacían a partir de un proceso de razonamiento político. Los militantes universitarios anglosajones de hoy censuran sobre la base de lo que sienten. Practicantes de una especie de fascismo lite, ellos son los que mandarán dentro de no mucho tiempo. Si la cosa no cambia, uno tiembla por la democracia.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Documental sobre Miguel Hernández


NANAS DE LA CEBOLLA


EL NIÑO YUNTERO


Bss

"Bss", por Luz Sánchez Mellado. EL PAIS.
Jesús estaría contento. Cada vez nos amamos más los unos a los otros. Por lo menos, nos damos más besos que nunca. Nos comemos a ósculos. Sobre todo entre desconocidos. Así, porque sí. Por puro amor al prójimo. Puede una pasarse semanas no ya sin besar, sino sin intercambiar palabra con su pareja, sus padres, sus hijos y sus amigos más íntimos. Ahora, a poco que esté en el mundo, habrá enviado y recibido besuqueos varios de medio planeta al cabo del día. El beso es el nuevo negro de las relaciones personales, que dirían las revistas femeninas. Un comodín de las normas de cortesía. Un básico que queda bien con todo y no compromete a nada. Nos despedimos con besos de los jefes en los correos de empresa. Mandamos besitos a diestro y siniestro en los grupos de WhatsApp donde nos meten los entusiastas de turno. Y le endosamos un besazo al primero que nos ríe las gracias en Twitter: amor con amor se paga.
Luego, nos cruzamos en el ascensor besadores y besados y nos hacemos los suecos de Gotemburgo, que una cosa es besarse de boquilla y otra mirarse a los ojos, ese exceso de confianza. Dicen de los adolescentes, pero los adultos también necesitamos que nos aplaudan, que nos quieran, que nos besen, aunque sea con el beso de Judas. Por eso contamos los “favoritos” y los “me gusta” y los emoticonos de corazoncitos como si fueran las huellas de nuestro paso en la tierra. Y en esas se nos va pasando el arroz. Y la pasta. Y la vida.
La otra noche, escuché de pasada a mi hija de 14 años rebuznarle al micrófono del móvil y partirse de risa al recibir como respuesta un bramido de su penúltima mejor amiga. Menudo pavo salvaje, pensé, instalada en la cima de mi condescendencia. Pero para pavazo, el nuestro. Había en ese rebuzno y ese bramido más alma, más corazón y más vida que en todos los besos, besitos y besazos que había enviado y recibido yo en esa semana. Ahí lo dejo. Bss.

domingo, 1 de noviembre de 2015

BOLLOS

"Bollos", por Almudena Grandes. EL PAÍS.
Desconfíen de las apariencias, porque no es un fenómeno nuevo. A lo largo de la historia ha sucedido muchas veces, y siempre de manera semejante. Nuestra sociedad está absorta en sus propios, pequeños problemas, ni más ni menos que otras sociedades ricas, decadentes. El Parlamento catalán pretende declarar la independencia. Se multiplican las zancadillas, los besos de Judas, las sonrisas de plástico que anticipan el clima de la campaña electoral. Los líderes políticos están absortos en las cifras del paro y las encuestas, en el color de la camisa que mejor les sienta y el dilema de presentarse o no con corbata. Sus electores se ponen a dieta, se apuntan al gimnasio, deciden dejar de fumar o se hacen militantes de la carne roja. Son inocentes de sus decisiones, porque desde sus casas aún no se escucha el clamor, el llanto y los gritos que estremecen al sur, que estallan en el este. Cuentan que María Antonieta preguntó por qué gritaba la plebe el día que el estruendo atravesó al fin los muros de Versalles. Piden pan, majestad, le respondieron. ¿No tienen pan?, pues que coman bollos... Y siguieron su consejo. Las masas hambrientas arrasaron su palacio, vaciaron su despensa, se comieron sus bollos y la llevaron al cadalso. Así fue y así será, porque son muchos, y son humanos, y tienen mucha hambre, muchos hijos, nada que perder. Antes o después entrarán por la fuerza, miles, decenas, centenares de miles, millones por el sur y por el este. Ninguna frontera ha frenado nunca ni podrá frenar la desesperación. Y a partir de entonces, nada tendrá importancia, ni la independencia de Cataluña, ni las grandes coaliciones, ni el cambio, ni el recambio, ni el requetecambio, nada en absoluto. Sigan ustedes mirándose el ombligo.

miércoles, 28 de octubre de 2015

CERDOS Y ZORRAS

"Cerdos y zorras", Luz Sánchez Mellado. 29 de octubre de 2015.
Qué prieta vienes hoy, qué buena te estás poniendo, que no me entere yo de que ese culito pasa hambre. Cualquier mujer que haya trabajado con una muestra representativa de hombres ha recibido u oído recibir a otras parecidas perlas de galantería masculina de boca de algún colega y/o jefe en algún momento. Ayer mismo, sin ir más lejos. Oficinas y fábricas, por muy de inteligentes que se las den últimamente, no son un mundo aparte limpio de polvo y paja. Son la misma jungla de relaciones que la calle y la casa, solo que sus moradores están obligados a permanecer en ella las horas reglamentarias y a acatar la autoridad de la especie dominante si desea conservar el trabajo, o sea la bolsa, o sea la vida. Ocurre, todavía, que la mayoría de sujetos alfa de la selva son machos. Y que aún demasiados, aunque solo sea uno, creen que todo monte de Venus es orégano a su disposición absoluta.
Las mujeres aprendemos desde niñas a espantar moscones, driblar babosos y torear cerdos. Eso, aunque no debiera, entra en las reglas del juego, y jugamos cuando nos da la gana. Si nos ponemos igualitarias, nosotras también decimos lo bueno que está el becario, lo mazas que se está poniendo el gerente y el polvazo que tiene el segurata. También ponemos a parir trillizos a la calientabraguetas que va por los despachos pechuga en bandeja. También actuamos según cómo y con quién, solo faltaba. Pero, personalmente, veo claras las líneas rojas. No tengo un abusómetro, pero sí estómago, sentido común y vergüenza. Ayer mismo una presentadora mexicana abandonó un plató porque un baboso la manoseó en directo pese a sus protestas. El cerdo la disculpó ante la audiencia diciendo que su colega debía de estar “hormonal”, o sea menstruando, o sea viva, para tomarse en serio la broma. Maldita la gracia que tiene una lacra que solo acabará cuando ellos, todos ellos, entiendan que “no” significa no. Que no. Ni de coña.

martes, 27 de octubre de 2015

RELIGIOSOS


 

“Religiosos”, por Félix de Azúa. EL PAIS. 27 de octubre de 2015.

La propuesta del PSOE para eliminar la asignatura de religión es ingenua. Una medida de izquierdas negaría a la autoridad religiosa el derecho a elegir profesores. De ese modo crecería la oferta de trabajo para desahuciados de la filosofía o las humanidades, porque en la asignatura de religión bien considerada no se hablaría de los viejos mitos religiosos, sino de los mitos presentes.

La asignatura de religión debería enseñar, explicar y criticar la revelación técnica de los últimos 20 años. Confundir la religión con la red educativa y comercial de una Iglesia (que no es sino otra multinacional) es un error típico de esta izquierda que ignora en qué mundo vive. La única religión actual es la de la técnica, acerca de la que no sabemos nada, pero que dirige nuestra vida como el cristianismo dirigió la de los romanos a partir del emperador Constantino.

Las sectas cristianas, la algarabía islámica, las cábalas judías, la modorra budista, las viejas religiones, no tienen la menor influencia moral en España, sólo la presión de sus respectivos aparatos económicos. La verdadera creencia (o la verdadera fe) que dirige moralmente a nuestra sociedad es la de la técnica, casi siempre asociada con una promesa siniestra: el progreso. En ese punto sí hay conductas sonámbulas, intereses dirigidos por la fe, reparto de limosnas (teléfonos, relojes, teles, ordenadores, quincalla técnica), santos y mártires (fundadores o “inventores”, hoy megamillonarios), sectas heréticas, condenas a muerte, zelotes, guerras informáticas y así sucesivamente.

Si a los estudiantes se les explicara cómo actúa sobre ellos su religión, esa desconocida, a lo mejor podrían mejorar su soberanía. En la actual ignorancia somos como los cristianos del siglo V, que ni siquiera sabían que eran cristianos. No había alternativa.

 

jueves, 22 de octubre de 2015

VARIOS TEXTOS PERIODÍSTICOS DE ELVIRA LINDO


“Juguemos”, por Elvira Lindo. EL PAÍS. (12/01/2011)

 
Jugar en la calle. Jugar en grupo. Esa es la actividad extraescolar que un grupo de educadores y psicólogos americanos han señalado como la asignatura pendiente en la educación actual de un niño. Parecería simple remediarlo. No lo es. La calle ya no es un sitio seguro en casi ninguna gran ciudad. La media que un niño americano pasa ante las numerosas pantallas que la vida le ofrece es hoy de siete horas y media. La de los niños españoles estaba en tres. Cualquiera de las dos cifras es una barbaridad. Cuando los expertos hablan de juego no se refieren a un juego de ordenador o una playstation ni tampoco al juego organizado por los padres, que en ocasiones se ven forzados a remediar la ausencia de otros niños. El juego más educativo sigue siendo aquel en que los niños han de luchar por el liderazgo o la colaboración, rivalizar o apoyarse, pelearse y hacer las paces para sobrevivir. Esto no significa que el ordenador sea una presencia nociva en sus vidas. Al contrario, es una insustituible herramienta de trabajo, pero en cuanto a ocio se refiere, el juego a la antigua sigue siendo el gran educador social.

Leía ayer a Rodríguez Ibarra hablar de esa gente que teme a los ordenadores y relacionaba ese miedo con los derechos de propiedad intelectual. No comprendí muy bien la relación, porque es precisamente entre los trabajadores de la cultura (el técnico de sonido, el músico, el montador, el diseñador o el escritor) donde el ordenador se ha convertido en un instrumento fundamental. Pero conviene no convertir a las máquinas en objetos sagrados y, de momento, no hay nada comparable en la vida de un niño a un partidillo de fútbol en la calle, a las casitas o al churro-media-manga. Y esto nada tiene que ver con un terror a las pantallas sino con la defensa de un tipo de juego necesario para hacer de los niños seres sociales.

 
 

“A la maestra”, por Elvira Lindo. 14 de octubre de 2015.

El lenguaje se infecta. Lo infectan a menudo los políticos y lo infectamos quienes hablamos o escribimos en los medios. Nuestro vicio por una jerga que encubre a menudo un rechazo por la claridad acaba trufando el lenguaje común. Como resultado, a veces hablamos de asuntos cotidianos como si estuviéramos en una tertulia televisiva o haciendo declaraciones en el telediario. En una esquina del periódico, no tan a la vista como a mi juicio debiera estar, me encuentro con que en Granada una madre ha agredido a la maestra de su niña porque las normas del centro no permitían la impuntualidad para una jornada musical. La madre, fuera de sí, agarró del pelo a la maestra, la pateó y la insultó. Todo esto delante de la cría. Dios nos libre de madres que nos quieran tanto. La maestra acabó en el hospital: las magulladuras se curan antes que los sustos y que el trauma que provoca una agresión.

Leo que la directora del centro ha declarado que a la paz se llega con el diálogo, y que la Consejera de Educación se solidariza con su caso y rechaza cualquier tipo de violencia. Supongo que estas expresiones provienen de cuando los telediarios abrían con los políticos condenando un atentado, pero francamente esas palabras suenan poco convincentes si se trata de hablar de algo ocurrido en una escuela. Todo es más simple: el profesorado es la autoridad que los padres deben reconocer. En casa nuestra madre solía decirnos: “A la maestra se la trata con respeto”. Por lo que se ve urge abrir una escuela de padres y madres para que aprendan a comportarse. Primera lección: a la maestra no se la pega (permítanme el laísmo).

 

 

“Esto también importa”, por Elvira Lindo. EL PAÍS. 26 de septiembre de 2016.

La intimidad de las mujeres sigue siendo un misterio. Lo apuntaba la semana pasada, cuando escribía sobre la desconocida sexualidad de las mujeres mayores de sesenta años. Lástima que los artículos no traten de lo que su autora pretende sino de lo que el lector prefiere, porque resultó que el affaire del Nobel peruano con una socialité ensombreció el resto de mis consideraciones y, en nuestra empecinada tendencia (marca España) a convertirlo todo en un plebiscito, unos se mostraron a favor y otros en contra de dicha relación. Pero lo que yo pretendía, sin conseguirlo, era reflexionar sobre los malentendidos que siempre rondan el asunto de la sexualidad femenina: si la mujer es mayor, madura o anciana, porque se le sobreentiende jubilada del juego amoroso, y si la mujer es muy joven, en esta época en la que debería contar con más armas para tener relaciones satisfactorias, evitar embarazos indeseados o infecciones que pongan su salud en riesgo, resulta que un porcentaje alarmante de chicas mantiene relaciones de cualquier manera y no sabe o no puede o no quiere pedir ayuda en sus primeros pasos.

En este asunto, las mujeres con experiencia o con experiencias deberíamos romper un tabú al que seguimos contribuyendo. Sobre todo, las que fuimos adolescentes en los setenta y jóvenes en los ochenta, aquellas que rompimos con el protocolo de iniciación habitual en la generación de nuestras madres, que aún valoraban la llegada al matrimonio con el himen intacto, ese himen que ahora algunas descerebradas pagan porque les sea reconstruido. Deberíamos contar por qué si las chicas liberadas (como se decía entonces) quisimos romper con el mito de la virginidad y buscamos por nuestra cuenta información, fuimos al ginecólogo en secreto, elegimos método anticonceptivo y tratamos de no quedarnos embarazadas, aunque la sombra del aborto estuviera muy presente en aquella juventud, por qué, pregunto, no hemos contribuido luego a que se avanzara más en este aspecto; por qué en estos tiempos en los que se habla de sexo tan burdamente en la televisión, convirtiendo la intimidad en algo impúdico, y tantos personajillos se empeñan en contarnos sus hazañas sexuales, por qué sigue habiendo un porcentaje considerable de adolescentes que ignoran casi todo lo que deberían saber antes de enrollarse con un tío. Hablo en femenino no porque sean ellas las únicas que deben informarse, en absoluto, pero es obvio que las consecuencias no deseadas suelen caer sobre sus hombros y también es habitual que las chicas renuncien a parte de su disfrute a favor del de su compañero de juegos. Aunque el aspecto dedicado al placer en sí no haya sido el objetivo del estudio de Bayer que ha analizado el conocimiento que nuestras jóvenes poseen de los métodos anticonceptivos, no existe verdadera educación sexual si no se contempla la esencia de encontrarse íntimamente con alguien: disfrutar, o mejor aún, disfrutar mucho.

No estaría de más que quienes ya podemos mirar atrás con ironía y habiéndonos perdonado todos los errores cometidos contáramos cómo fue nuestro inicio, dónde, a qué edad, quién nos había facilitado alguna información y si supimos algo a través de nuestros padres. Mi padre fue pedagogo por un día y me contó algo sobre la abeja reina y los zánganos. Todavía lo estoy asimilando. En realidad yo sabía de sobra a qué se estaba refiriendo y me sentí abochornada, casi tan incómoda como cuando fui al cine con él a ver Novecento y nos vimos en el trago de contemplar juntos la escena en la que una prostituta hace una doble paja a Robert De Niro y Gérard Depardieu. Nuestra educación sexual fue inexistente, pero el deseo de dar un salto generacional y romper con la tradición que sometía a nuestras madres hizo que algunas chicas investigáramos la manera de ser libres.

El futuro no siempre trae progreso; si la educación no funciona condenamos a las chicas a retroceder. Se puede ser de apariencia tan atractiva y rompedora como Amy Winehouse, admirar su talento y descubrir luego que en las letras que ella misma compuso hay una entrega ciega a la voluntad masculina, a la satisfacción de los deseos del hombre, a una infravaloración voluntaria y orgullosa, que nos retrotrae a los tiempos de una Billie Holiday a la que destrozaron el racismo y las drogas, pero también los hombres que amó, y que actuaron más como chulos que como compañeros. Es probable que la educación sexual sea una de las materias más difíciles de enseñar, pero tampoco se puede abandonar todo a la experiencia, porque no podemos permitirnos que las chicas sigan creyendo en la marcha atrás, en que no se pueden quedar embarazadas si tienen la regla, en que no hay más que dos métodos anticonceptivos, o en que lo fundamental es hacer que su chico se corra. Porque luego está esa imagen de la chica sola, desolada, que no sabe cómo salir del lío en el que se ha metido.

 

“Primer polvo”, por Elvira Lindo. 9 de septiembre de 2015. EL PAÍS.

Imagina que te echas un novio. Un novio de treinta y siete. Talludito. Imagina que te invita a su casa, que entras en su cocina y que te encuentras ante unos muebles como los de su abuela. Efectivamente, son los de su abuela. Entonces piensas que las cocinas de las abuelas, con esos mueblazos de madera y esas puertas de cristales tallados tienen su encanto, siempre que sigan siendo de una abuela. Te da la impresión de que tu nuevo novio se fija tan poco en su entorno, que el único cambio que ha hecho antes de que vinieras ha sido quitar el calendario de la caja de ahorros que tenía la abuela del año 85 colgado con chinchetas para poner un póster de Chaplin. Sospechas que el póster es herencia de los padres, porque tus padres tienen uno igual. Imagina que te quedas a dormir con él. No me gusta fisgonear en las alcobas de nadie, pero presiento que si el cabecero de la cama es también el de la abuela vas a experimentar un bajonazo transitorio, que superarás gracias a que el sexo obnubila el entendimiento. Imagina que, por la mañana, el olor del café entra en tu sueño. Qué detallista, pensarás. Detallista es el adjetivo que usamos cuando un hombre hace el café. Te levantas y… ¿qué hace su hermana en la cocina? Ah, no, que es él, que se ha soltado el pelo. Te sientas. Imagina que te sirve salmorejo de brik, jamón en lonchas, rebanadas de pan de molde. Y comes. Comes porque el sexo siempre da hambre, pero piensas, madre mía, cuánto hay que cambiar aquí.

Como si te estuviera viendo.

 

BRAGAS A EURO


"Bragas a euro", por Luz  Sánchez Mellado
Vale que las cosas de comer son sagradas. Pero además del pan, la leche y los huevos —con perdón— nuestros de cada día, hay otros artículos de primerísima necesidad que no tienen IVA ultrarreducido, y deberían. No hablo solo del cine, el teatro y los conciertos, que alimentan y abrigan el espíritu, pero sin los que, a las malas, puede una pasar el invierno sin caer enferma. Algunos líderes, de hecho, pasan toda la vida y alardean de ello en el Congreso, pero eso es otra columna. Me refiero a las bragas, los calzoncillos, los calcetines, los sostenes, esas prendas piel con piel sin las que solo somos unos mamíferos arrogantes poco evolucionados para sobrevivir a la intemperie, el ojo ajeno y el amor propio. Básicos, les llaman los mercadotécnicos, que, como los psicólogos, tienen nombre para todo. Pues bien, para algunos, hasta los básicos pueden ser accesorios.
Estos días se habla mucho de las colas que ha provocado la apertura de Primark en la Gran Vía madrileña. El nuevo templo de la moda low cost, hemos pregonado muchos, con ese papanatismo nuestro de maquillar con el barniz del inglés lo que suena cutre en castellano. El comercio barato supone el 12% de la cuota de mercado en España. Poco me parece. Con sueldos de mil euros, quien los gane, los presuntamente asequibles Zara, Mango y H&M son tan prohibitivos para la nueva clase trabajadora como Loewe, Dior o Gucci para la entelequia antes conocida como clase media. Un exceso solo permisible en grandes ocasiones o en las rebajas del 70%. Por eso, más allá de la tontería de la novedad, la caza del chollo y el yo lo vi primero, las colas de Gran Vía hablan de la dignidad y rebeldía de esas mujeres y hombres que se las buscan para vestirse como quisieran si pudieran. Un quiero y no puedo, de acuerdo. Pero hay quien puede y no llega. Porque la elegancia, la belleza y la decencia ni se compran ni se venden. Se llevan de serie o nada.

miércoles, 14 de octubre de 2015

LAS PIERNAS DE GARBIÑE MUGURUZA


“Las piernas de Garbiñe Muguruza”, por Iñaqui Díaz-Guerra. EL MUNDO.

Me dan igual las piernas de Garbiñe Muguruza. Debo ser rarito, visto que es una de las cuestiones más comentadas sobre la número 4 del mundo en los medios y en las redes sociales. Lo de su diabólico drive, ya lo dejamos para otro día... Tampoco me importa la sonrisa de Mireia Belmonte, que es bonita, la he visto y no soy tonto, pero no sé qué narices tiene que ver con su colección de medallas. No quiero saber si tienen novio o no, si juegan maquilladas, si les da tiempo a conocer chicos, si quieren tener hijos... Pero no paro de leer sobre ello. En serio, maduremos. Les aseguro que el Kun Agüero tiene una sonrisa acojonante, de no presentarle a tu pareja por si acaso, y nunca lo he visto en una crónica del Atleti, del City o de Argentina. Lógico.

El deporte español ha evolucionado (para bien) y va siendo hora de que todos nos pongamos a su altura. En los últimos Juegos Olímpicos (Londres 2012), 11 de las 17 medallas de España fueron femeninas y, desde entonces, el escalafón deportivo nacional ha cambiado. Varios de los grandes ídolos han entrado en fase de declive o (esperemos) transición (Rafa Nadal, Fernando Alonso, la selección masculina de fútbol) y en su lugar han aparecido Muguruza, Belmonte, Carolina Marín, Ona Carbonell... El rostro de nuestro deporte es ahora de mujer. Pero nada, seguimos aliñando sus logros con toques rosa, buscando una justificación innecesaria para otorgarles el espacio que se han ganado de sobra. Y luego está lo de los apodos... Que si Las leonas, que si Las guerreras, que si Las sirenas. Todo tan rancio (y tan hortera).

En serio, mejor acostumbrarse ya y dejar de hacer el ridículo. Nadie puede pedir que, por decreto, guste igual el deporte femenino que el masculino. Sólo faltaba. A la gente le fascina la Fórmula 1 y a mí me aburre más que una película de Almodóvar (aquí he exagerado), así que es ridículo criticar al que prefiere ver a Nadal que a Muguruza. El debate no es tanto la cantidad como la calidad: si le dedicas un breve, que sea un breve profesional, no un chiste malo del Cuore.

Siento si parezco con esto un bienqueda, un cuñado o, peor, un socialdemócrata, pero es lo que hay. Ayer leía que Garbiñe es «coqueta». ¿En serio? ¿De verdad es el adjetivo más pertinente para una mujer de 1,82 que da hostias como panes a la bola y acaba de ganar uno de los torneos más importantes del mundo? ¿Qué aporta? ¿Necesitamos decir o insinuar que, aparte de jugar de maravilla al tenis, es mona, para justificar que le otorguemos una plaza en nuestro exclusivo reducto viril y desfasado?

Este paternalismo casposo, plagado de fotos seleccionadas según criterios no deportivos y producciones de moda donde decir que «además es guapa», deja un fuerte tufo a especie amenazada. Una última batalla, como Braveheart pero sin heroísmo alguno. Una queja sorda (y ciega): «Tras quitarnos el voto y los bares, ahora pretenden arrebatarnos el deporte. Hay que detenerlas antes de que sea tarde. ¿Qué será lo próximo? ¿El porno?». Lo siento, chicos, a eso también han llegado ya. No respetan nada...

Tengo una hija con la que en unos años espero abonarme al fútbol y, si mi estudiado y revolucionario proyecto educativo sale como debe, trasnochar para ver juntos la NFL y la NBA. Agradecería que no me estropeasen el plan hablando de piernas y maquillaje hasta que la niña acabe decidiendo que el deporte es maravilloso, pero no hay dios que aguante a los que lo cuentan. Que es menos machista el porno.

 

martes, 13 de octubre de 2015

SOBRE LA CIENCIA

"Problemas de encendido", por David Trueba. EL PAÍS. 13 de octubre 2016.
Si Baroja decía aquello tan brillante de que los que presumen de amar la humanidad es porque en realidad no soportan a las personas, no es complicado deducir que las prédicas en defensa de la investigación y el desarrollo son para encubrir el desinterés por la ciencia y el estudio. En los últimos años si ha habido una palabra deleznable, que cada vez que un político la utilizaba te daban ganas de sumarte a la exploración de Marte, era emprendedor. Escuchabas eso de las ayudas a emprendedores o el empuje de los emprendedores y sabías que alguien te estaba robando la cartera. La semana pasada, Rajoy acudió a un acto de start-ups, que es la última cursilería del alambicado del lenguaje. Como ya da asco usar emprendedor, digamos start-up. Además pronunciado por nosotros suena tan distinto que hasta hace un poco de gracia andaluza, lo malo es cuando descubrimos que, dios santo, solo quiere decir emprendedor.
Una de las mayores estupideces de la aritmética financiera del Gobierno ha consistido en cerrar oficinas de investigación y desnutrir universidades e institutos a cuenta de los recortes. El coste era ridículo en comparación con su proyección futura. Pero así se hacen las cuentas en nuestra casa. Además la investigación es problemática. No se olviden de que el escándalo de los coches trucados en Volkswagen fue desvelado no por el periodismo especializado ni los controles institucionales, sino por un laboratorio universitario. Pero lo peor del proceso de desarme de la investigación en España no reside tan solo en los recortes, tiene mucho que ver con la gestión, la burocracia y la incapacidad para entender desde instancias oficiales las particularidades del ingenio.
Bastaba leer una carta reciente publicada en este periódico en el que una investigadora contaba que después de un año de espera le había sido concedida una beca para un proyecto de investigación asociada al Plan Nacional de I+D+i. Así que en octubre, se le impulsaba a saltar diez meses hacia atrás y comenzar su trabajo que supuestamente arrancaba en enero. No se conoce lo que es emprender con retroactividad, como tampoco los ingleses conjugan la forma start-up con regreso al pasado. Es dinero perdido por incapacidad en la gestión burocrática. Exactamente lo que menos estimula a un emprendedor. Y es que a lo mejor no estamos necesitados de grandes ideas ni de grandes fórmulas rompedoras, sino de mera agilidad administrativa, de rigor y medios para marcar el ritmo secreto de un país que en la superficie pinta regular, pero en su mecanismo interno esconde algo más dañino.

miércoles, 7 de octubre de 2015

CARGARSE LA FILOSOFÍA

"Cargarse la filosofía a martillazos", por Andrés Rojo. EL PAÍS. 2015.
Para muchos habrá sido una excelente noticia. “Por fin han arrinconado de una vez al muermo de la Filosofía”, se habrán dicho con esa íntima satisfacción que se produce cuando los que deciden han subsanado un antiguo disparate. Hay dos argumentos que utilizan quienes celebran marginar a Platón, Kant, Nietzsche y compañía de las aulas —la LOMCE ha reducido sus contenidos sustancialmente: ya solo es obligatoria la Filosofía en 1º de Bachillerato—. Uno es visceral: no hay quien soporte tanta cháchara conceptual, son aburridos. El otro es pragmático, y viene a decir que cuanto pensaron y escribieron no sirve para nada, es absolutamente inútil.
Ni uno solo de los políticos y pedagogos que ha participado en esta aberración reconocerá jamás que ha colaborado en mandar a la Filosofía al purgatorio porque la consideran tediosa. Pero serán muchos los que estén encantados de haber defendido la otra razón.
Las cosas están muy mal, sentencian en ese caso: los chavales no encuentran trabajo ni locos, y eso que cada vez estudian más y tienen más deberes, lo que ocurre es que este país se anda por las ramas, los masacran con las humanidades que no tienen futuro y no les dan herramientas para que sean de verdad competitivos en el mercado, no saben inglés, van dando traspiés con las nuevas tecnologías, viven de espaldas a los cambios de las costumbres, etcétera. Conclusión: acabemos con la Filosofía.
No hace falta ser un lince para llegar a la conclusión de que no tiene ningún sentido fabricar filósofos si lo que el mercado reclama son informáticos, médicos, ingenieros, electricistas, panaderos o, pongamos por caso, trapecistas. Todo el mundo sabe, además, que con el cogito ergo sum de Descartes no se arregla una cañería. Pero no es esa la cuestión. Lo que importa es que haya un plan. Y con siete leyes de educación no universitaria en los últimos 35 años una única conclusión se impone: los políticos de este país no saben lo que quieren.
O lo saben demasiado bien: servirse de la educación para la greña ideológica, para favorecer intereses gremiales, para ganar votos o para hacer patria. Lo que se olvida con demasiada frecuencia es que, durante esos años decisivos, los estudiantes no solo aprenden unas materias sino que se forman como personas. Y en esa formación hay dos cuestiones que los educadores deberían cuidar con especial esmero: que construyan sus propios criterios y que aprendan a disfrutar. Vaya, que cultiven el espíritu crítico y que sean creativos. Que lean y que piensen, que discutan, que le encuentren la gracia a un cuadro o a una sinfonía. Si no lo han hecho antes, y no lo hacen entonces, están perdidos. Ningunear la Filosofía es un mensaje contundente. Viene a decir que a esta ley le importa poco ocuparse del lado inútil de la formación: el que nos permite tener criterio, ideas, afán crítico, curiosidad. Cierto que pueden servir otras asignaturas. Pero la eficacia de la Filosofía en estos menesteres viene acreditada de lejos. ¿Por qué despreciarla ahora? Ahora, cuando tanta falta hace.

lunes, 5 de octubre de 2015

EL CHAMPÚ


“El champú”, por Juan José Millás. EL PAÍS. 2 de octubre de 2015.


La vida personal, maldita sea, termina en el borde de la cama, a veces antes, sobre todo si te despiertas con la radio y te sientas junto a la mesilla de noche, aún con el pijama puesto si duermes con pijama, y la garganta seca si eres fumador o bebiste después de cenar. Intentas digerir las imágenes en fuga del sueño del que te han arrancado las noticias. Soñabas, por ejemplo, que tu madre dirigía un convento de monjas de clausura en cuyo torno eras abandonado por otra madre que venía de afuera. La madre de dentro y la de afuera eran inexplicablemente la misma. Te abandonaba, pues, la que te recogía y te daba el pecho la que te lo había negado. El argumento del sueño se diluye dentro de tu cabeza como el humo en una habitación y al final lo único que rescatas, cuando vuelves a él, es el olor a Camel o a Marlboro de un cigarrillo aplastado contra el cenicero.
El caso es que no has llegado al cuarto de baño, que se encuentra a tres metros, y ya te han alcanzado sucesos que se encuentran a trescientos, o a tres mil. Un negro, por seguir con los ejemplos, se ha quedado atrapado entre las cuchillas de una concertina que divide a España de Marruecos como una mosca en la tela de una araña. Mientras el negro se debate y se desangra, tú manipulas los grifos del agua fría y la caliente para dar con la temperatura justa. La política se ha convertido en una cuestión de orden personal. No se respetan los círculos concéntricos que conducen de la existencia íntima a la éxtima. No hay una gradación como la que se aprecia en los troncos de los árboles recién cortados o en la superficie del agua sobre la que arrojas una piedra. Lo exterior ha llegado al centro de tus intereses y todavía no has desenroscado el bote del champú.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

EL TERRORISMO MACHISTA


“La hemorragia sin fin del terrorismo machista: el punto cero” (III), por Eulalia Lledó. EL HUFFINGTON POST

Empieza el curso y viene a cuento recordar que la violencia machista sólo se restañará si se previene; si se va a la raíz. Para ello es primordial incidir en el sector de criaturas, adolescentes y jóvenes. Tanto desde casa, como desde cada ámbito de influencia: medios de comunicación, películas, series, entretenimientos, deporte, libros, etc.

Entre los etcéteras, los anuncios. En el siguiente, vemos a un hombre mirando el futuro con confianza, fe y seguridad; para la mujer, el futuro es él.

(IMAGEN DE UN ANUNCIO DE UN CONOCIDO BANCO)

Un anuncio la mar de «normal», ¿se lo imaginan al revés? Por si las niñas no se sienten identificadas con una adulta, al lado, la versión infantil: una niña adorando embelesada a un niño. Para que se vayan empapando, para que se vayan haciendo a la idea.
 
Se tendrá que actuar, pues, también desde la institución escolar. En los dos artículos anteriores hablaba de la escasa sensibilidad de gran parte de la sociedad y de cómo se desentienden las instituciones. En cuanto a la sociedad (la enseñanza forma parte de ella), cabe señalar, por ejemplo, el desinterés del profesorado por la coeducación: en la última Escola d'Estiu de la prestigiosa Rosa Sensat se programó un único curso de coeducación: no hubo suficiente matrícula para realizarlo. Otro detalle, TV3 acaba de estrenar una serie, Merlí, que se desarrolla en un instituto. Un profesor nuevo se presenta en una clase mixta (que no coeducativa) así: «Mi nombre es Merlí y quiero que la filosofía os la ponga dura». Se ve que lo consideran un discurso muy transgresor y moderno. A ver si le alcanza cuando explique al alumnado el nacimiento de la democracia masculina en Grecia.

Otro: un grupo de docentes pasó una encuesta a alumnas de bachillerato sobre las agresiones que recibían por parte de sus compañeros en los centros. A la pregunta directa «¿Te han agredido alguna vez?», muchas chicas decían que no, pero dos preguntas después: «¿En qué lugar o lugares te han agredido?», contestaban que en el patio y en el pasillo, por ejemplo. No mentían: el malestar de percibirse como agredidas las impelía a negarlo. En justa correspondencia, cuando esta experiencia se explicaba en congresos o jornadas, se detectaba que a muchas asistentes les generaba más incomodidad que se indagase sobre las agresiones que no el elevadísimo porcentaje de chicas agredidas. Mejor ignorarlo. Mejor, como las chicas, simular que...

Respecto a las actuaciones institucionales, el PP incluso elimina alguna; por ejemplo, la asignatura de la Educación para la Ciudadanía. Insuficiente, pero que bien enfocada podría ser un punto de partida. El Gobierno de CiU fulminó el pionero programa que había implementado la Consejería de Interior contra la violencia contra las mujeres en tiempos del tripartito; coherentemente, ha erradicado lo poco que se hacía en coeducación. Hace ya años, el presidente Mas mostró su ideología al respecto: cuando le pidieron cuentas de unas subvenciones a la privada más elitista y cara que practicaba, además, una educación segregada desde la derecha más retrograda, dijo sin sonrojarse que había «sobrado» un dinerillo. ¿Puede sobrar dinero público? No, se había dejado de invertir donde se tiene que invertir. O se distrajo o se sustrajo. Lo continua haciendo.

Antes remarcaba la necesidad de que la Educación para la Ciudadanía se enfoque bien, dado que las acciones institucionales tienden a quedarse en la pura superficialidad y a escamotear a las chicas, a las mujeres, las herramientas que les permitirían entender y hacer frente a la violencia machista.

Un ejemplo. Se considera de mal gusto explicar a las chicas que la mayor parte de las agresiones masculinas, incluidas las sexuales, las cometerán chicos y hombres de su entorno. Un día, en clase en el instituto, surgió la cuestión de las agresiones machistas, y cuando dije algo tan comprobado y elemental como lo anterior, algunos chicos se sintieron ofendidos y algunas chicas me miraron como a una aguafiestas: desmontaba el mundo idílico y placentero que anuncios, medios de comunicación, algunas películas, etc. presentan. Me dio mucho que pensar.

Un síntoma relacionado es, por ejemplo, el cambio de título de la novela de Stieg Larsson --contra la explícita voluntad del autor--, Los hombres que odian a las mujeres, por uno mucho más amable y eufémico: Los hombres que no amaban a las mujeres; como si el título original fuera demasiado duro.

Alguien podría objetar que decir la verdad desnuda y cruda podría fomentar malestar en las relaciones entre chicas y chicos, pero la realidad desnuda y cruda muestra, que si se esconde, el panorama es desolador, tremebundo. Insisto en ello: priva a las chicas de los mecanismos para entender qué pasa y cómo poder reaccionar. Y eso las puede llevar a sentir vergüenza y miedo; a paralizarlas.

Incluso es posible que naturalicen unas relaciones basadas en el abuso y en agresiones, digamos, de baja intensidad. Que interioricen y no cuestionen que deben vigilar cómo visten, que no han de pasear a ciertas horas por según qué lugares; que la culpa es de ellas y no del agresor. (Tanto a Laura del Hoyo como a Marina Okarynska (las dos amigas asesinadas por Sergio Morate, ex pareja de Okarynska), como a sus familias y entorno --en definitiva, a todo el mundo--, les pareció «normal» que Okarynska tuviera que ir acompañada a recoger sus cosas por si acaso. La magnífica película Te doy mis ojos (2003) de Icíar Bollaín relata perfectamente estos entresijos.)

Un rasgo frecuente en las relaciones entre chicas y chicos es que ellos suelen cobrar al contado: o cambias y haces lo que digo, etc., o te dejo (y todo lleva a creer a las adolescentes, a las mujeres, que sin un hombre al lado no son nadie). Las chicas, en cambio --casi todos los modelos culturales y relacionales les enseñan a sentir y a actuar así, ¿recuerdan el anuncio?--, piensan que paciencia, que poco a poco ya los irán cambiando; en definitiva, a cobrar a plazos. Plazos que suelen no llegar nunca.

En los centros escolares, de estas maneras de relacionarse y de poder, que tiñen también las relaciones sexuales --entramos en terreno delicado--, tampoco se habla nunca. Por eso es lamentable que la educación sexual, en el mejor de los casos, sea escasa y no integrada, dado que se suele hacer en visitas esporádicas a los centros de salud, desligadas de todo. Es sorprendente ver cómo chicas y chicos reaccionan a menudo cuando les ofrecen un condón para que lo examinen: lo suelen rechazar como si quemara; tampoco parece que les incumban los folletos explicativos, incluidos los que hablan de la transmisión de enfermedades sexuales.

Hay encuestas que muestran que bastantes chicas que manifiestan preferir otras prácticas se ven obligadas al coito vaginal pelado y crudo como única posibilidad de relación con su novio. La idea de la penetración como única manera de follar «de verdad» y de demostrar la virilidad es tan extendida, valorada y divulgada por tierra mar y aire que muchos chicos no son capaces de querer ninguna otra. Mientras, la derecha en general tiene reluctancia a admitir que la sexualidad debe formar parte de la educación. El PP, en el paroxismo de la ofuscación, cree que la educación sexual, un aspecto tan importante del ser humano, desciende literalmente del cielo (y concebida con pecado). Cree que trabajarla en la escuela, adoctrina; algo que, a su entender, no hace la inculcación del (nacional) catolicismo. Todo sigue atado y bien atado.

 

NUEVOS TEXTOS PERIODÍSTICOS


“Menos cerebro, más alma”

Isaac Rosa. Público.

Aparte de un país empobrecido y desigual, la crisis nos está convirtiendo en un país descerebrado: la “fuga de cerebros” va en aumento, para desgracia de nuestro futuro. Ya saben de qué hablo: la marcha de miles de investigadores a otros países, una emigración científica que irá a más en los próximos tiempos, a la vista de los recortes que ya afectan a todo tipo de instituciones y programas, y a la espera del tiro de gracia en los presupuestos generales.

La fuga llega tras unos años en que presumíamos de que por fin, tras una larga historia de atraso científico, nos subíamos al tren de la investigación, con nuevas promociones de estudiantes que no iban a pensar eso de que “investigar en España es llorar”, y sobre todo con el regreso a casa de unos cuantos cerebros ilustres que habían hecho su carrera allende, y a los que el gobierno español ponía alfombra roja y los recursos necesarios para que, en expresión de un ministro optimista, emulásemos en el terreno científico los éxitos de nuestros deportistas.

Pero está visto que la ciencia aquí es un lujo que sólo podemos permitirnos cuando nos sobra el dinero y no sabemos ya en qué gastarlo, en vez de un suelo firme sobre el que levantar ese nuevo modelo económico del que tanto hablan los gobernantes, tan amigos de pronunciar esas siglas mágicas, I+D.

Leo una noticia sobre la fuga de cerebros que comparte página con otra sobre  la recaudación de la Iglesia Católica en el IRPF. El contraste es inevitable: mientras en cerebro flaqueamos, el alma está fuerte como un roble. El alma católica, se entiende, pues aparte de la engañosa casilla del IRPF (que los científicos proponen copiar, a ver si los contribuyentes están por el cerebro tanto como por el alma), la iglesia es una de las pocas instituciones, si no la única, que se salva de los recortes. Mientras para la ciencia no hay dinero, los obispos siguen recibiendo lo suyo (que es lo nuestro), vía impuestos, programas, ayudas, conciertos y las generosas exenciones fiscales de que siguen gozando.

Lo dicho: seremos un país sin cerebro, pero a alma no nos gana nadie.

 
“La profecía de la emigración planetaria”, por Jesús Mota. EL PAÍS. 30 de septiembre de 2015.

Stephen Hawking pronunció en este periódico una frase sencilla, evidente y aterradora: “La supervivencia de la raza humana dependerá de su capacidad para encontrar nuevos hogares en otros lugares del universo, pues el riesgo de que un desastre destruya la Tierra es cada vez mayor”. Es evidente porque el planeta tiene una capacidad limitada de recursos (alimentos, energía) y no está claro que la rentabilidad tecnológica vaya a progresar con más velocidad que la lógica malthusiana. El economista Kenneth Boulding acuñó el término “nave espacial Tierra” para explicar el carácter restringido del recinto en el que vive la especie. Es sencilla porque expone al mismo tiempo el problema y la solución —el universo es una fuente inagotable de energía, metales y minerales, como saben los astrofísicos y los aficionados a la ciencia ficción—; y es aterradora porque sitúa a los habitantes del planeta ante el vértigo de un destino lejano, pero inapelable.

En Interstellar, la última y ninguneada película de Christopher Nolan, aparecía esta idea resumida desde el póster: “La humanidad nació en la Tierra, pero no está destinada a morir en ella”. El mensaje, similar al de Hawking, estaba hilvanado con un argumento verosímil: la población mundial languidece en una lenta extinción, asfixiada por gigantescas tormentas de polvo y una maligna degradación de la producción agrícola. La solución está en migrar a otros planetas similares y lejanos. La ideología del filme, no obstante, es esquinada y peligrosa. Al declarar que la esencia de la naturaleza humana es conquistadora y expansiva, Interstellar exime al hombre, por mor del imperativo biológico, de su responsabilidad con el planeta y dibuja un futuro depredador: habitar un planeta, explotarlo hasta la extenuación y ocupar el siguiente.

Un grupo de físicos, astrofísicos y literatos especuló, ya desde mediados de los sesenta, con la idea del universo como un espacio que puede ser colonizado y explotado. Carl Sagan, Fred Hoyle, Freeman Dyson y Arthur C. Clarke aplicaron su fértil imaginación (The Sentinel, matriz de 2001, A Space Odissey, nació de una de esas tormentas de ideas) para diseñar una economía interplanetaria en la que es posible generar atmósfera en Marte para que sea habitable, terraformar mediante ingeniería planetas y planetoides o explotar los recursos del sistema solar. La tecnología nos hará mercaderes del espacio.

Hawking hoy, como antes Sagan o Clarke, columbran un futuro muy lejano, pero para ellos ineluctable y despiadado. Ahora bien, a corto plazo la explotación del espacio inmediato es inalcanzable para la economía global. No hay cálculos exactos, pero un flujo rentable de viajes espaciales requiere aumentos del PIB mundial superiores al menos en un 20% al actual; convertir ese flujo en intercambio económico exigiría una acumulación de capital muy superior a ese 20% añadido. La guerra de las galaxias será un conflicto de recalificación de terrenos en Marte, de buscadores de metales contra colonias agrícolas en Io o de paneles solares frente a extracción de gas en Mercurio; o sea, de acumulación y rentabilidad del capital. No sabemos otra cosa.
 

“Demasiado humo”, EL PAÍS. 30 de septiembre de 2015.

Seat reconoció ayer que ha montado unos 700.000 motores de Volkswagen en sus coches con el programa que hace trampas al pasar los controles de emisiones contaminantes. Es un primer paso, pero ni la filial española ni el grupo han aclarado hasta ahora cuáles son los modelos afectados, en qué año se vendieron y en qué mercados. No se sabe aún, por tanto, la dimensión del problema por países ni, en consecuencia, cuántos coches se vendieron aquí con los motores fraudulentos.

Pese a que Volkswagen sabía desde hace tiempo que este asunto le iba a estallar en las manos, no parece haber hecho los deberes en lo que a transparencia se refiere. Y la transparencia es el primer paso para recuperar una credibilidad muy dañada por un escándalo de enormes proporciones, que afecta además de forma indirecta a la salud pública. Además, la compañía debe ofrecer cuanto antes una respuesta a los clientes engañados.

Las autoridades españolas tuvieron una reacción inicial de comprensión en la que solo parecía expresarse preocupación por las inversiones prometidas. En segunda instancia, han manifestado su inquietud por los conductores/consumidores y por las ayudas públicas prestadas bajo parámetros que ahora se demuestran falaces. Toca exigir toda la información a la empresa e iniciar las investigaciones que sean necesarias para aclarar cómo el fraude también alcanzó grandes dimensiones en España sin que saltara ninguna alarma.

 

“Piglia”, de Leila Guerriero. 30 de septiembre de 2015.

Eran años feroces, como siempre son cuando uno quiere escribir y es muy joven. Mi padre me llevó a una feria de libros usados, compró uno, me lo dio. Leí: “Nunca más deberás tomar en serio las cosas que no dependen sólo de ti. Como el amor, la amistad y la gloria”. Leí: “Haber escrito algo que te deja como un fusil disparado, aún sacudido y humeante, vaciado por entero de ti”. Era el diario de Cesare Pavese y, después de leerlo, nada fue igual. No porque el libro haya solucionado algo —era el libro de un suicida— sino porque me hizo entender cosas —de mí, de la escritura: de los peligros que anidaban— que yo, que vivía incautamente entregada a las mandíbulas de ese animal salvaje que éramos la vocación y yo, no había entendido.

Conocí a Ricardo Piglia hace algunos años. Una vez coincidí con él en México, donde perdimos un avión. Era lunes. Durante todo ese día, en medio de paseos bizarros, Piglia me dijo cosas. Sobre la vida, sobre la escritura: cosas. Después de eso, nada fue igual. Hay días así, y uno los atesora como si guardara un rayo dentro de un cofre. Ahora leo un libro portentoso: Los diarios de Emilio Renzi (Anagrama), que son los diarios de Ricardo Piglia. Leo: “Nunca pasa nada. ¿Y qué podría pasar? Es como si hubiera estado todo el mes de julio bajo el agua. Sentado en el patio frente a una mesita baja, el sentimiento de siempre: las grandes luchas por venir (...) Mantengo en secreto por ahora mi decisión de convertirme en un escritor”. Leo: “Lo difícil no es perder algo, sino elegir el momento de la pérdida”. Voy y vengo por la ciudad con el diario de Piglia bajo el brazo como quien se aferra a una gota de luz detrás de un vidrio oscuro.

Ayer me llamaron de una radio, me preguntaron para qué sirven los libros. Debo haber respondido alguna estupidez. Lo que debí haber dicho es que los libros sirven para una sola cosa: para salvarnos la vida.